Crónica de dos muelas impactadas

Casi todos los idiomas la llaman de la misma manera: en inglés, wisdom tooth; en hebreo, shen bina; en maltés darsa ta’ l-għaqal; en neerlandés, verstandskies. Todos estos nombres pueden traducirse al castellano como “muela de la sabiduría”. Y, claro, no es que esas muelas sean más sabias que las otras o que de algún modo estén conectadas con la mente;  simplemente se supone que salen en la edad en la que uno ya no es un chiquillo insolente que cree que puede cambiar el mundo (aunque en base a varias experiencias puede decir que para muchos esa edad nunca llega). El coreano, sin embargo, se refiere a la muela del juicio –muela que en realidad son cuatro– de un modo que me parece más irónico pero al mismo tiempo más sabio: sa-rang-nee o “diente del amor”. Es irónico si lo vemos desde el punto de vista físico, donde de amorosas no tienen nada las muelas del juicio. Pero sabio si nos detenemos en el plano metafísico que es a donde apunta esta acepción. En efecto, antes que llegar en una edad de dudosa sabiduría, lo cierto es que estas muelas llegan cuando uno ya conoce, así sea por amigos que están pasando por el trance, los estragos que causa el desamor. Uno en la vida puede escaparse de saber ciertas cosas –siempre hay quienes, muertos de miedo por conocer un poco más de donde están parados, prefieren la ignorancia y por eso leen a Paulo Coelho–, pero de conocer el desamor, imposible. Hasta Dios, cuando anda de malas, nos castiga con su desamor (sino cómo se explica la existencia de especímenes como la Tigresa del oriente).

 

Hace un par de meses me despertó en medio de la madrugada un dolor punzante en el oído interno. Pero como era de madrugada y uno de madrugada por lo general quiere dormir, preferí no hacer mucho caso y seguir sumergido en la nada del sueño. Pero ya cuando ese dolor me cogió manejando por la Javier Prado, luego recrudeció en una clase y volvió a despertarme por la noche, pensé, no sin cierta flojera, que tendría que visitar a un otorrino. Un par de días después estaba en un consultorio y un lacónico galeno me apuntó con una especie de pistola (pensé en los modelos de la marca Browning a los que se les llama “baby”) dentro de los oídos y me dijo que estaban “ok” (“sus oídos están OK, joven”). Pero lo que sí no estaba OK era mi mordida: bruxismo, me dijo el médico, parece que está mordiendo muy fuerte, ¿está estresado? Me dijo que vaya donde un odontólogo. Con la misma flojera, fui donde uno tras otro par de días. Allí se me dijo que de bruxismo poco, pero que de juicio mucho. Me sentí halagado hasta que la explicación del odontólogo me hizo entender que se trataba de una muela del juicio impactada (¿y yo qué le hice para que se impactara, tan sensible era?). Una radiografía panorámica confirmó el asunto y me hizo ver como, por rebeldía o flojera, esa malhadada muela no había querido salir al mundo (dental) y se había echado de tal manera que presionaba el nervio de la muela vecina. De ahí el dolor de oído, que en realidad solo era un reflejo. La solución era una cirugía para desalojarla. Primera vez en mi vida que me mandaban una cirugía, ni siquiera había tenido curaciones por caries (mi dentadura resiste, estoica, los embates de las comidas). Algo de temor, pero al mismo tiempo de curiosidad e interés me causó saber que tendría una cirugía. Algo nuevo en mi vida, además decir que uno se carga una que otra cirugía encima da estatus.

 

Un estatus al cual seguro hubiera renunciado si hubiese sabido lo que costaba, al menos en este caso, tenerlo. Este último lunes tres, el primero del año, vino la ansiada cirugía (como para empezar el año con novedades, digo). Como la muela del juicio de arriba del mismo lado (el izquierdo y los de izquierda siempre joden y no sirven para nada) también podía causar problemas, me preguntaron si quería que de una vez me quitaran ambas. “¡Claro!”, respondí entusiasta y valiente (temerario, en realidad). Yo siempre repito y aplico una frase que leí en un cuento una vez: uno en la vida puede arrepentirse de muchas cosas que hizo, pero lo realmente triste es arrepentirse de las que no se hicieron. Hasta ese momento estaba convencido de la veracidad y sabiduría de esa frase. Pero después que el doctor me dijo, tras el suplicio que fue la extracción de la muela superior, que me prepare pues la muela de abajo sería mucho más complicada, puse en tela de juicio esa afirmación. Sobre todo dudé mucho cuando sentí cómo tuvieron que romper en varias partes la maldita muela para poder sacarla y, sobre todo, despegarla del nervio cordal –creo que así se llama– al cual se aferraba. Creo no exagerar si digo que en mi vida nunca he sentido tanto dolor, al menos físicamente.

 

Ahora, casi un par de días luego, queda cierta molestia y un escozor. Estoy siendo bombardeado con antibióticos, desinflamantes y no sé qué más. Pero lo realmente terrible es la dieta, una dieta obligada, pues no estoy en alguna etapa de enfermedad o vanidad. Luego del dolor eso es lo que más se sufre. Y, claro, la paranoia constante de que se puedan abrir las heridas y una hemorragia me inunde de pronto o una infección haga de las suyas. Por eso, cuando me dijeron que también sería bueno quitar las muelas del juicio de lado derecho (en la derecha también joden), respondí, ahora sí pensando en que esta no sería una omisión de la que me arrepentiré, que “ya veremos, ya veremos”.

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