De qué nos morimos realmente

A veces nos enteramos que un conocido o algún pariente que caminaba muy sano por la vida, que era un portento de salud, de pronto sufrió un infarto al miocardio o al mesenterio (como le pasó a Artemio Cruz), se le reventó un agazapado aneurisma, le apareció un tumor o simplemente tuvo un colapso fatal. Pero si era tan sano, tan deportista, no comía grasas, cómo pudo pasar algo así. En los tiempos contemporáneos la explicación más difundida y la que causa mayor consenso en las juntas médicas y en los tés de tías es que el estrés –ese maldito mal posmoderno– tuvo la culpa. Era muy sano, pero se preocupaba demasiado: el estrés terminó por pasarle la factura.

 

¿El estrés? ¿Así de simple? Puede ser, pero yo creo que hay algo más. No me convence la idea de pensar que la preocupación excesiva de unos cuantos años o incluso meses sea la causante de un desenlace inesperado y fatal. Creo, más bien, en la acumulación. Pero no me refiero a la acumulación de colesterol –que, en efecto, es letal– o de cualquier otra sustancia nociva, sino a la tristeza. Sí, a la tristeza. La acumulación de tristezas, incluso de ese miedo a la tristeza que ya es pena, como se dice en “Un mundo para Julius”. En otras palabras, la aglomeración de tristeza que vamos adquiriendo conforme vivimos –o transitamos por el valle de lágrimas, si queremos ser fatalistas– finalmente estalla, inevitablemente; las tristezas no se eliminan, se acumulan. Del mismo modo, las preocupaciones que matan no son las puntuales que adquirimos en determinado espacio de tiempo, son las que vamos acumulando a lo largo de toda la vida. Sucede como con la radiación: cada vez que nos exponemos a ella vamos creando una bomba de tiempo que, temprano o tarde, ha de estallar.

 

Existe un síndrome que se llama “Síndrome del corazón roto” (o, en términos más científicos y menos poéticos, “Cardiomiopatía de Takotsubo”). No se trata de un mal psicológico de esos que tanto abundan ahora, sino de un fenómeno en el cual la persona tiene los mismos síntomas de un infarto cardiaco pero en sus arterias coronarias no hay obstrucción alguna. Lo que sucede es que, de pronto, el corazón se contrae y se deforma. Es necesario un electroshock, que es lo mismo que decir una reiniciada, para volver a la normalidad. Creo que decir “síndrome del corazón roto” es una bonita metáfora que encierra, sin embargo, una realidad: el corazón se “rompe” por culpa de la tristeza, se estropea cuando ya no puede más con esa placa metafísica que conforman las tristezas acumuladas. Pero claro, no necesariamente el corazón (pensar en el corazón en primer lugar siempre es más romántico), el cerebro o cualquier órgano o sistema entero pueden ser quienes paguen la factura. No importa finalmente quién pague, importa que se paga.

 

Las frustraciones, los rencores, los amores imposibles o no correspondidos, los desengaños, las traiciones sufridas (y a veces las impartidas) se terminan por descomponer y se transforman, finalmente, en tristeza. Un río de tristeza que nos recorre y que tarde o temprano ha de colapsar. Nuestra sociedad ha creado el mito –o el consuelo, podríamos decir– que dice que el tiempo lo cura todo. Mentira. Lo cierto es que el tiempo lo sublima todo, lo amalgama todo, pero no lo desaparece. La única acción efectiva que tiene el tiempo sobre las grandes y pequeñas desgracias que nos ocurren es meterlas bajo la alfombra. Ellas, convertidas en tristezas, siguen viviendo como parásitos silentes dentro de nosotros, esperando el momento de hacernos sentir su presencia.

 

Es cierto que lo que uno tiene que hacer en la vida es, básicamente, resistir. Sí, la vida es una carrera de resistencia. Pero también es verdad que nuestra resistencia es endeble, apenas epidérmica. Hoy está moda hablar del nivel de “resiliencia” que tiene cada individuo, es decir, de qué tan capaz es de sobreponerse a los golpes emocionales. Yo diría que lo que habría que medir no es la capacidad de superponerse, pues como ya dije eso es imposible; lo que se debería calcular, más bien, es la capacidad de sublimar y, sobre todo, el tiempo que demoran en estallar las tristezas acumuladas. No es lo mismo resistir hasta los cincuenta que hasta los ochenta. Pero claro, finalmente, la dilación del tiempo no es lo que importa; importa, realmente, que de lo que verdaderamente nos morimos no es de viejos o cansados, sino de tristes.

Convulsión
La Voz de las Horas Oscuras
Libro de Cuentos