El abrigo del fracaso

I:

Dice Julio Méndez, personaje de “El jardín de al lado” de José Donoso: “Darme por vencido: la dulzura del fracaso aceptado.” Humillación que dignifica, amargura que sabe dulce: el fracaso. El fracaso, ese refugio en el que caemos a menudo, al que llegamos tiritando en busca del último abrigo. El fracaso, la paz de aceptarlo y sentirnos libres, abandonados a lo que el destino nos depare. El fracaso, pero no cualquier fracaso, aquel que viene del tú no, del no te quiero, del no te acepto. El fracaso del rechazo, acaso el peor de todos.

 

Sentir el rechazo en cuerpo y alma tras haber intentado traspasar la máscara de hielo que todos usamos cuando nos relacionamos es, sin duda, una de las peores experiencias que se pueden vivir. De hecho, lo que hace realmente terrible a esta vivencia es su parentesco con la muerte: morir es desaparecer, mientras que sufrir el rechazo es ser desaparecido. Pero se desaparece y, a diferencia de la muerte física, aún se existe. Ahí lo abominable: seguir existiendo cuando se nos ha cubierto con un manto de inexistencia es vivir en el sinsentido, en la angustiosa incertidumbre. Al menos cuando la última Parca corta el hilo de la vida, perdemos la conciencia, ya no somos capaces de lamentarnos de nuestra propia pérdida (claro, tampoco podemos alegrarnos de ella).  Cuando se habla de muerte en vida, me parece, se habla, en el fondo, del rechazo. Sí, porque el rechazo implica, como ya vimos, una desaparición, mas una desaparición de esencia paradójica: queremos existir, avanzamos hacia ello, nos presentamos, pero nos topamos con el rechazo y desaparecemos; en nuestro esfuerzo por volvernos visibles somos transformados en invisibles.

 

El silencio. El silencio es la daga del rechazo que nos llega a zaherir en lo más impenetrable. Él atraviesa todas nuestras capas y nos desgarra sin piedad. Si el rechazo explícito nos destruye, el implícito nos aniquila. La diferencia, que puede parecer sutil, es, no obstante, crucial: lo destruido puede reconstruirse (por supuesto quedarán grietas, imperfecciones, como en una porcelana rota que se restaura), pero lo aniquilado jamás podrá alcanzar la redención. La indiferencia, filo del cuchillo del silencio, supone una muerte sin posibilidad de resurrección. Las cenizas del Fénix, en este caso (y acaso en todos los casos), no se recomponen, sino que son barridas por el viento. Sufrir la indiferencia es, pues, sufrir un tipo de muerte (en el tránsito de la vida sufrimos varios tipos de muertes: las muertes de nuestros seres más queridos, por ejemplo, suponen también una muerte para nosotros; de allí que en esas circunstancias se diga que “algo” de nosotros también murió): nuestra existencia es negada y nulificada; pasamos a vivir en el barrio de la nada. Lo terrible de esta situación, como ya dije, es que somos conscientes de ello, nos vemos morir a nosotros mismos, sentimos el proceso de descomposición y no podemos hacer nada para impedirlo. Es como estar en la sala de operaciones, oír al médico pedir el bisturí y darnos cuenta, con terror, que la anestesia no ha surtido efecto y que somos incapaces de hablar o de movernos.

 

Mal que les pese a los misántropos (con los cuales muchas veces me identifico), esencialmente, como afirma Octavio Paz, los seres humanos somos búsqueda de compañía. Como sabiamente dice el autor del maravilloso poemario “Pasado en claro”, cuando nos encontramos en soledad descubrimos que somos búsqueda de comunión, de unión con ese ser tan misterioso y cautivante que es el otro. En la vida, nuestros esfuerzos para no vivir en soledad son enormes. Nuestras fuerzas, si hacemos un recuento de nuestra existencia, han estado más de una vez enfiladas hacia ese propósito: las amistades, los parentescos, los enamoramientos responden, finalmente, a esa necesidad de cohesión. Por eso nos resulta tan terrible el rechazo: él supone una imposibilidad de desarrollarnos esencialmente, es decir, de ser realmente seres humanos.

 

¿Qué nos queda tras haber sido destruidos o aniquilados por el rechazo? El fracaso. La sensación de fracaso nos invade, nos vuelve seres frustrados, melancólicos y nostálgicos por un futuro que no podrá ser. Luego, sin embargo, nos consuela: ya no podemos hacer más, en nuestras manos ninguna acción es posible. Nos abandonamos al destino. Solo él podría hacer algo, darnos algo, aunque sea mínimo, que nos consuele. Cuando aceptamos la máxima que dice que uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser, una amargura seca nos invade y nos deshace. Sin embargo, también nos tranquiliza: hemos perdido todo, ya no podemos perder más. Quizás no ganemos nada, pero al menos ya no perderemos. Triste y mediocre consuelo, ciertamente, pero consuelo al fin.

 

Así, tras haber sido traspasados por el rechazo, sumidos en los escombros de la derrota, nos encontramos con el dulcemente amargo elixir del fracaso. Nos abrigamos y nos regodeamos en él: es lo único que nos queda. Finalmente, una vez amistados con el fracaso, hermanados con él, fundidos en él, lo único que deseamos es sacarle la vuelta. Nos miramos al espejo y pensamos que quizás la próxima vez será distinto mientras entre dientes se nos escapa un “ojalá”.

 

II:

Pero seamos sinceros: el fracaso no supone ninguna sorpresa. De hecho, él es una probabilidad siempre latente; es como la voz de la conciencia que nos susurra todo el tiempo y que si no nos subyuga, por lo menos nos refrena. No obstante, pese a ser una amenaza que nos grita su existencia –podríamos también verlo como una espada de Damocles que pende sobre nosotros y cuya afilada punta vemos apenas levantamos la cabeza–, preferimos no oír. Ni oír, ni ver, ni oler ni palpar el rechazo. No, eso no queremos. Esta reticencia está justificada: el rechazo está cubierto de una capa maldita –y hasta más: abominable y letal–, que el solo rozarla es como acariciar el lomo de un puercoespín. Esta cubierta, por supuesto, tiene un nombre: miedo.

 

El miedo, cuando está asociado con el rechazo, sube sus decibeles a la máxima potencia y se transforma en pavor. Nos quedamos sin aire y sin capacidad de movimiento: nos paralizamos; entramos en un coma emocional que, paradójicamente, nos despierta y nos obliga a mirar no solo el rostro sino el cuerpo –que no es monstruoso ni deforme, sino brillante, cegador, es decir, dueño de la fuerza que solo tiene lo inasible, y por eso mismo tremebundo– del pavor. La acción siguiente, entonces, es la inacción. Pero nuestra quietud no supone una defensa, como cuando estamos ante un animal salvaje y lo mejor es no moverse; supone, más bien, una resignación: el miedo, a diferencia de una bestia enfurecida, no dejará de pasar por nuestro lado si nos quedamos quietos. Él se apoderará de nosotros de todos modos. El darnos cuenta de eso ya supone una sensación de terror.  Nada más espeluznante que el miedo al miedo.

 

Dice una vieja y difundida lección de vida que el miedo, antes de paralizarnos, debería ser un aliciente para actuar. ¿Tienes miedo? Entonces haz, deshaz, no importa qué, pero actúa, esa es la consigna. Sin embargo, como toda vieja y difundida lección que habita y sobrevive en los libros de autoayuda y en las sobremesas, no se trata más que de un bonito entimema, por decirlo en un término clásico y acaso por eso preciso. Lo cierto, aquello que la realidad nos estrella en la cara, es que el miedo nos vuelve inertes, nos pone una camisa de fuerza y nos ahoga en el pantano del marasmo.

 

¿Pero –podría decir algún escéptico, es decir, alguien sin mucho entusiasmo por elaborar pensamientos– acaso es tan terrible el rechazo como para llegar a sentir pavor ante su presencia? Lo es, por supuesto que lo es. Como ya dije, sufrir el rechazo, explícito o implícito, supone una destrucción o una aniquilación. A nadie, en su mediano sano juicio (una persona “normal” nunca tiene, como se dice y se cree, su juicio entero; tener el juicio reducido o completo es síntoma de alguna patología mental) le resulta una experiencia excelsa ser destruido o aniquilado. Vivimos, bien que mal, porque, finalmente, nos gusta la vida (¿gusto de naturaleza masoquista?). Y mientras transitamos por ella, aunque piensen lo contrario los a menudo acertados misántropos y siempre admirados anacoretas, queremos –anhelamos con fervor, en realidad– tener compañía. Sin ella, es decir, sin ese espejo que nos devuelve una imagen deformada de nosotros mismos que es el otro, sentimos que no somos, que no existimos. Si existimos no es porque nosotros lo sepamos, es porque los otros lo saben. El rechazo, pues, nos deshumaniza; el espejo no nos devuelve ninguna imagen. De ahí nuestro natural pavor hacia él. Aquí podríamos anotar una síntesis general: ser rechazado es mirarse al espejo y no recibir una imagen de vuelta.

 

Siempre es mejor entender y exponer las ideas con un ejemplo. La vida misma, nuestra vida, más de una vez es puesta como ejemplo (malo o bueno, pero ejemplo al fin). Imaginemos la siguiente situación: un viaje Buenos Aires – Lima. Aproximadamente 4 horas y media de vuelo. En los asientos 34A y 34B se sientan, respectivamente, un hombre y una mujer. Él: 35 años, soltero, arquitecto, trota un kilómetro todos los días. Ella: 30 años, ejecutiva de ventas, va al gimnasio tres veces por semana. Acaso porque son viajeros frecuentes, acaso por desidia ninguno usa el sistema de entretenimiento a bordo. Él mira por la ventana, confronta sus pensamientos; ella lee lentamente una novela de Manuel Puig. Casi a la hora de haber despegado, se dan cuenta de la presencia el uno del otro. No importa quién empezó la conversación, ni que esta empezó versando sobre lo racionadas que son las porciones de comida que sirven en la clase económica. Importa sí, que ese tema llevó a otro y ese otro a otro más. Política, deportes, un poco de literatura, música contemporánea. La carga del tiempo se volvió liviana.

 

El drama comienza cuando el piloto anuncia que está pronto el aterrizaje. El hombre se ha percatado ya hace rato que su acompañante no lleva aro de casada, pero sí un anillo con un fino diamante. ¿Estará comprometida?, se pregunta. Pese a la empatía, no se atreve a preguntarle. No se atreve, pero tampoco quiere: la duda, de momento, es mejor que la posible verdad. Un cuestionamiento más importante, sin embargo, se apodera de él: ¿será ella? ¿Será ella la mujer que estaba esperando? La respuesta en sí ya tiene un tinte positivo: muchos de nuestros cuestionamientos, que se ven imbuidos de nuestros deseos, tienen ya de por sí una carga positiva o negativa, el signo interrogativo es solo protocolar. Estas dudas de un orden metafísico se mezclan con otras de nivel más cotidiano: ¿Le digo para vernos luego? ¿La invito a salir?

 

Irrumpe furibundo el pavor por el rechazo. Cualquier acción posible es puesta en suspenso. La ilusión –es ella, sí, es ella la mujer de mi vida– del personaje ha alcanzado grandes dimensiones. Su expectativa de salir de la soledad ha visto una posible vía de desarrollo. Podríamos decir más: su humanidad ha encontrado el medio de volverse realidad. El pavor al rechazo, evidentemente, tiene justificación: se está jugando la vida, por lo menos así lo siente él y lo sentimos todos cuando queremos que nos acepten. ¿Qué hacer? Callar es siempre una opción. Callar y aceptar el fracaso que viene de la frustración. El fracaso de la frustración, sin embargo, no es ningún refugio, no ofrece ningún abrigo ni da consuelo; él es una prisión eterna, una ansiedad mal contenida que estallará en cualquier momento. Es, en realidad, lo más parecido al infierno: el infierno no es más que el estado de duda eterna, de incertidumbre que no se resuelve ni se resolverá nunca.

 

Hablar. Hablar siempre es mejor. Aunque suponga una muerte –producto del rechazo implícito–, expresar resulta ser siempre la opción ideal. El fracaso que viene del rechazo al menos ofrece un refugio, un abrigo, incluso una libertad. Si bien es el peor de todos, porque supone muerte, por lo menos prescinde de la duda. Es mejor morir que dudar. Dudar es golpearse contra todos los lados, andar zigzagueando, vivir pendiente de un sucesivo que nunca llega. Es, como ya dije, el infierno. La duda mata, dice el proverbio. No es cierto; si lo fuera, ella sería terrible, mas no abominable. El rechazo mata; la duda prolonga la vida. Pero una vida fulminada por la angustia, minada por el desconcierto, tajada por la incertidumbre. Una vida que, finalmente, ruega por ser muerte.

 

III:

Cazadora implacable, feroz, desquiciada; guillotina formidable, precisa, hambrienta: la culpa. Perseguido por ella, el rechazado sabe que no puede escapar, que ese aliento gélido que siente en la nuca lo va a devorar sin piedad. Solo le queda rendirse, entregarse a ella y esperar que pase pronto para empezar a recoger sus restos hechos añicos. No obstante, esto es imposible: la culpa que viene del rechazo es de naturaleza parasítica: se instala en el organismo metafísico y nunca más se va. Y, lo que es peor, atraviesa la delgada frontera mente – cuerpo y hace estragos en los órganos, llena de placa las arterias, estría y arruga la piel. Finalmente, nos mata. Sí, porque la culpa –como todos los sentimientos abominables– se vuelve, con el tiempo que nada cura y todo sublima, una tristeza insondable. La consecuencia, como es bien sabido pero poco difundido, es que terminamos muriendo, y no de viejos o cansados, sino de tristes.

 

La culpa es una serpiente de dos cabezas, un cuchillo con dos filos que por donde se le coja cortará. Nos sentimos, en primer lugar, culpables ante el otro: ¿lo habremos ofendido al demostrarle nuestro interés? Sabemos, racionalmente, que no es así: nadie medianamente cuerdo se ofende con quien desea conocerlo (al contrario, ser objeto de atención resulta siempre –o debería resultar siempre– halagador). Sin embargo, inquisidora como ella sola, la culpa nos persigue. Sí, hemos ofendido, hemos hecho mal al intentar acercarnos. Hacemos la conexión de inmediato y la culpa ahora nos mira a los ojos: el rechazo es nuestra responsabilidad por temerarios, por pretender traspasar el sacrosanto círculo de la individualidad. Algo malo, además, debemos tener, y de alguna manera lo transmitimos. ¿Qué es? No lo sabemos, lo buscamos pero no lo encontramos ni lo encontraremos nunca; nos miramos al espejo buscando nuestro cariz maldito, nos desvelamos examinando nuestra conciencia, nuestros gestos, nuestras palabras en busca de la pieza deficiente. Encontramos muchas, pero no la definitiva, no la que causó el rechazo. Quizás no la tenemos, pensamos; quizás la imaginamos, nos consolamos. Eso a la culpa, sin embargo, no le importa; ella nos devorará igual.

 

Hicimos todo mal, eso también nos reprocha la culpa. Nos acercamos mal, hablamos mal, sonreímos mal. La tormenta se vuelve fatal en este punto: mejor hubiera sido desaparecer antes de ser desaparecidos por el rechazo. No nos perdonamos haber dado los pasos que dimos (ni los que no dimos). Piloteamos un avión directo hacia la montaña. Explotamos, finalmente, irremediablemente. Y fue por nuestra culpa, por nuestra gran culpa. Por ratos, en medio de todo el chubasco, la razón nos quiere proteger: hicimos lo correcto, dimos lo mejor de nosotros. Nos persuade y nos convence. Si tuviéramos que volver a empezar haríamos todo igual, pensamos. Un sutil orgullo nos invade: fuimos valientes. Pero esta victoria de la razón es pírrica, nuestra alegría y seguridad son falsas y apenas momentáneas: la culpa, ya muy bien instalada, nos recuerda que estamos en el refugio del fracaso, encogidos, tiritando; nos humilla y nos sentencia a sentirnos miserables. Ella es nuestro juez más implacable y nuestro jurado más cruel.

 

Otra vez, es conveniente aquí poner un ejemplo. Un joven de veinte y pocos años, aspirante a escritor, bastante tímido. Está enamorado de una chica ligeramente menor que él, también amante de la literatura, romántica. Pasó –él– un buen tiempo sin atreverse a hablarle. Finalmente lo hizo y quedó cautivado. Por azar del destino, luego pudo conocerla un poco más; quedó aún más cautivado. Él tiene la filosofía de la honestidad: si siente algo o piensa algo, lo expresa. Sin embargo, en este caso no podía ser demasiado directo, pues ella tenía enamorado. ¿Qué hacer? ¿Callar y mirar hacia otro lado? Quizás, pero eso para una persona acostumbrada a decir la verdad es imposible. Además, en este caso, ella, seguro por esa intuición que tienen las mujeres, ya se había dado cuenta de los sentimientos de él. Decidió ir de a pocos: le mandó un mensaje diciéndole que le parecía una chica linda y talentosa; aprovechó un par de guiones que tenía que hacer para un taller de creación de teatro –que compartía con ella– para manifestar ahí, de una forma metaliteraria, sus sentimientos.

 

El conflicto llegó cuando, tras el último guión, ya seguro de que ella se había dado cuenta de todo, se le ocurrió entregarle un cuento. Un cuento inspirado en ella y dedicado a ella. Además del cuento, escribió un breve artículo en el que explicaba el porqué de la creación de su cuento. Evidentemente, con ese último texto quedaba completamente expuesto. Dudó, quedó paralizado por la duda unos momentos, pero finalmente decidió actuar: le entregó, en un sobre, ambos escritos. Pasaron varios días y ella solo le manifestó su silencio y su reticencia: lo aniquiló con el rechazo implícito. Entonces, la culpa lo devoró entero: no debió darle los textos, mejor no hacía nada. Y fue más allá: todos sus pasos habían sido los errados, seguramente ella se había ofendido y ahora lo odiaba (peor: lo despreciaba), no quería ni verlo y lo castigaba, por eso, con su silencio.

 

¿Realmente fue culpable? ¿Sus paso fueron errados? Sus amigos le dicen que no, que hizo lo correcto y que no tiene por qué sentirse culpable. Les cree… por ratos. La culpa no lo deja respirar, lo ha vuelto un reo. Y es que así funciona ella, no perdona, no se extingue; aniquila aquello que ya ha sido destruido por el rechazo explícito o aniquilado por el implícito. Es la muerte en la muerte.

 

Colofón:

Como ya dije, cuando dormimos bajo el abrigo del fracaso, es decir, mientras habitamos la patria borrosa de los muertos, algo de vida nos queda: en nuestra mente, subrepticia, se desliza una corriente de esperanza, mientras que por nuestros labios murmuramos no uno sino varios ojalás. Y es que somos conscientes de que nos queda el futuro. Pero él es lo mismo que la nada (o es la nada, en realidad), pero eso no nos importa: esa nada, en su esencia vacua, puede albergar algo, quizás bueno; o tal vez, por lo menos, mejor. E, incluso, quién sabe, podremos rozar, por aunque sea por microsegundos, el lomo del esquivo éxito. Eso, si nos alcanza la vida, por supuesto.

Convulsión
La Voz de las Horas Oscuras
Libro de Cuentos