La casa ya no existe

“Te cuento que han demolido la casa de San Isidro”, me dijo mi prima Ela (“Lori”, para la familia) hace unos días mientras hablábamos por Internet. Cuando me dio la noticia, inmediatamente sentí un nudo en la garganta y una sensación de tristeza que luego pude identificar como melancolía me invadió todo el cuerpo. La casa en la que pasé gran parte de mi infancia, a la que fui llevado después de salir del área de neonatos en el hospital ya no existe; la casa numerada con el 352 de la avenida Dos de mayo es ahora polvo y seguramente en un año será un edificio de esos que ahora se construyen con violencia por toda la ciudad (y en casi todas las ciudades del mundo).

 

“Mis palabras, / al hablar de la casa, se agrietan”, dice la voz poética en uno de los poemas que compone el bellísimo poemario “Pasado en claro”, de Octavio Paz. Y yo, que talento poético no tengo y que siempre me refugio en los versos de otros, me encontré sumergido en aquel una vez más. Pero no solo se agrietaron mis palabras, sino también mis emociones, mis pensamientos, mis preocupaciones por el futuro y, sobre todo, mis anclas en el pasado. Porque yo, ciertamente, siempre he vivido en el pasado y de ahí que gran parte de mi narrativa tenga un fondo nostálgico matizado, por supuesto, con todas las distorsiones que la ficción supone. Yo no creo que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero siempre he sentido que, en mi caso, en efecto, el tiempo pasado fue mejor y, si este hubiera continuado siendo bueno, el presente –y yo, por supuesto– ciertamente sería mucho mejor.

 

 

Que ya no esté la casa supone simplemente que una construcción hecha por ingleses en el año 1945 le ha dado paso a la horrorosa modernidad. Una casa menos, un edificio –seguramente con todos los lujos– más. Pero para mí que la casa no esté es borrar del mapa físico un hito por cuya fachada de cuando en cuando pasaba para tener la fantasía efímera de volver a los buenos tiempos, a cuando las cosas funcionaban. En unos meses, cuando seguramente vuelva a Lima de visita, pasaré por allí y encontraré grúas, obreros, metales y el letrero que anuncie pomposamente la nueva construcción. La esperanza de entrar aunque sea una vez más, que siempre guardé secretamente desde que nos mudamos de allí hace ya muchos años, está disuelta. Así también se disolverán los sueños que de cuando en cuando tenía y en los que me veía regresando a la casa.

 

 

“Cuartos y cuartos, habitados / sólo por sus fantasmas”, continúa la voz poética creada por Paz. Esos cuartos, que eran los cuartos de la casa, ahora existen solo en mi memoria. Y mi memoria, ciertamente, es un laberinto de habitaciones habitadas por fantasmas que todos los días quisiera revivir. Ese “Niño sobreviviente / de los espejos sin memoria” que aparece en los versos del poema está a miles de kilómetros de distancia de la casa de San Isidro, pero sigue siendo ese niño que sobrevive, que resiste y que no encuentra reflejo en los espejos, porque los reflejos están en el pasado.

 

 

“En mi casa los muertos eran más que los vivos”, dice un verso más del poema. En mi casa de San Isidro todavía los vivos eran más que los muertos, por eso quizás la gran melancolía. Después de salir de ella fue cuando los muertos fueron más que los vivos. Pero, como también dice el poema, “Mientras la casa se desmoronaba / yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza / entre escombros anónimos”. Y sigo creciendo, pero siempre con un pie en el pasado y con la esperanza de que algún día volveré a la casa de San Isidro, aunque ya ahora sea solo polvo.

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