La salud en el Perú la dirige Fina Monterrubio

Cuando uno se entera que a un señor le cortaron la pierna equivocada, que a una señora la contagiaron de VIH o simplemente que un herido de gravedad murió esperando turno en alguna atestada sala de Emergencia, es inevitable preguntarse quién dirige la salud en el Perú. Gandhi, sin duda, no es. Bush, posiblemente, pero es más bruto que malo. Gadafi, podría ser. Pero no, creo la salud en el Perú la dirige un personaje más siniestro que el oligofrénico ex presidente gringo y el fachoso dictador libio: Josefina Monterrubio, más conocida simplemente como Fina.

 

¿Quién es Fina? Fina es una de esas célebres villanas de telenovela mexicana que no dudó en asesinar al padre de su hija, luego raptar a una niña y hacerla pasar por su hija; años más tarde arruinarle la vida amorosa a esa seudo hija, tratar de asesinar a su cuñada, a su esposo y, finalmente, darle un tiro a su propia hija; todo eso solo por detallar el lado amable del personaje. Esta mujer que casi podría ser la Madre Teresa, es Fina. La conocí de casualidad, un día que hacía el famoso y tristemente célebre zapping. Me llamó la atención, de pronto, una mujer cincuentona, rubia con su plata, que decía algo como “Nooo, mijita, yo maté a tu padre y robé a tu hermana por darte un buen futuro”. Como uno no está acostumbrado a ver tanta bondad en la televisión, me llamó la atención de inmediato y, por alguna razón inexplicable, me pareció simpática la señora Fina. Me cayó bien, pues era una de esas villanas sinceras, aguerridas, que exhalan maldad pura. Así que busqué información en Internet y vi algunos videos célebres del personaje, como cuando se disfraza de monja para asesinar a su marido, quien se quería casar con otra.

 

A los pocos días de haber descubierto a doña Fina, me enteré que EsSalud había decidido, de buenas (o de malas) a primeras, darles a todos los pacientes con Esclerosis Múltiple una sola medicina, sin importar que a muchos ese medicamento les haga más mal que bien, pues su organismo lo rechaza. Recordé, también, que no hace mucho se dejaron de dar, en la misma institución, medicinas contra el cáncer. También vino a mi mente un reportaje donde se veía cómo en el Hospital de Policía no tenían jeringas. Y cómo no dejar de traer las imágenes de un hospital del MINSA que operaba en condiciones de salubridad más bajas que un chifa de esos donde se mezclan las cucarachas con el Min Pao. Estos ejemplos solo, como en el caso de Fina, por retratar el lado amable. Entonces fue inevitable la pregunta: ¿quién dirige la salud  pública en el Perú (la privada es otro cantar, allí más bien buscan sanarlo a uno, pero no sin antes haberlo enfermado para que se pase unas vacaciones en la clínica)?

 

De pronto, como en una epifanía, me vino la respuesta y todo tuvo sentido. ¡Claro, en el Perú, la salud, la dirige Fina Monterrubio, no puede ser otra persona! Quién, si no alguien que resuma maldad pura y dura puede dirigir un “servicio” que parece estar diseñado para matar a sus usuarios. Tiene que ser, sin duda, una villana de telenovela mexicana, al estilo de la célebre Soraya Montenegro de María la del Barrio. Claro, porque si uno lo analiza con cuidado, el servicio de salud que presta el Estado parece tener un siniestro objetivo: disminuir la población. Es el asesino en serie perfecto, la envidia de Ted Bundy y tantos otros.

 

Y es que uno, si acude a los servicios de salud del Estado, puede morir de varias formas. Una puede ser por negligencia. Ciertamente muchos de los mejores médicos trabajan en los hospitales de EsSalud, pero también es verdad que muchos otros que tienen su título porque Dios es grande y Azángaro está a la vuelta se pasean orgullosos por los pasillos de los nosocomios –qué palabra tan siniestra, dicho sea de paso- dirigidos por el Estado. Claro, entraron por vara o por tarjetazo, pero cercenan y matan con una habilidad envidiada desde el infierno –el que propone la religión, no el Perú que es otro peor- por Jack el destripador.

 

Pero esa es solo una posibilidad, hay otras. Por ejemplo, uno puede morir de indolencia burocrática (enfermedad más maligna que el peor cáncer). Un paciente es obligado a ir una ventanilla por un ticket, luego lo mandan a otra y le dicen que no es esa, que vaya a otra más. Llega, lo maltratan –porque los burócratas son elegidos entre la gente con más rencor contra el mundo- y le dicen, finalmente, que no puede atenderse porque, bueno, así es el Perú. Entonces esta persona se tiene que resignar a morir. Si no tiene plata e influencias, se muere, no hay más. Y no lo hace por la enfermedad que lo aqueja, sino por la cólera y frustración que causa un sistema enhebrado de maldad, enfermo de una psicopatía perversa que se alimenta del sufrimiento y se regodea en su indolencia.

 

Otra posibilidad de muerte está dada por el espacio. Uno llega a una sala de Emergencia con las vísceras en las manos y se encuentra con una cola más larga que la que formaría un grupo de adolescentes histéricas en un concierto de Justin Beiber. Entonces, no hay camillas, no hay sillas; hay, más bien, desdén de las enfermeras, indolencia de los médicos y, por supuesto, muerte en los pasillos. Lo trágico es que si, por uno de esos milagros, el paciente alcanza camilla, entonces no hay medicinas. Y, claro, como el Perú avanza, pero para los que esperan que la plata llegue sola, entonces el ciudadano de a pie muere de pobreza. Sí, porque en el Perú la gente se muere de cólera, de indolencia y de pobreza. También, por supuesto, de tristeza y de frustración.

 

Así están las cosas en nuestro sector salud, dirigido, indudablemente, por la señora Fina. Lo triste es que así también están todos los demás sectores públicos. Seguro que si Satanás visita el Perú –no necesitaría pasaporte, claro- les diría a nuestras autoridades que se moderen, que ni él, príncipe de las tinieblas, es tan malvado e indolente.

Convulsión
La Voz de las Horas Oscuras
Libro de Cuentos