La seducción del suicidio

Hace algunas noches, mientras leía la excelente novela “Los rebeldes” de Sándor Márai antes de dormir, me distraje un momento y observé el vuelo de una pequeña polilla que se había filtrado por algún lado. Si se posaba sobre mi libro, hubiese acabado con su existencia, no porque tenga alguna inquina personal contra las polillas (de hecho, cierto cariño les guardo y por eso mi cuento “La polilla del mastodonte americano”), sino porque me pone nervioso saber que algo andará revoloteando cerca de mí mientras duermo. No fue necesario, sin embargo, ponerle un dedo encima al insecto: atraída por la tenue luz de mi lámpara, dirigió su vuelo hacia el pequeño foco. Alcancé a ver un pequeño hilillo de humo y a los pocos segundos el cadáver de la polilla cayó sobre mi mesa de noche.

 

Después de ese espectáculo, cerré el libro un momento y recordé aquella gran canción del grupo colombiano “Bacilos” que se llama “Guerras perdidas”. La voz cantante dice en un momento que entiende muy bien a las mariposas que vuelan directamente al fuego, un fuego prohibido (acaso si no fuera prohibido no sería tan atractivo). Me aúno a esa identificación, yo también comprendo –como todos en algún momento de la vida– la seducción del suicidio. Pero no de un suicidio físico, sino de uno metafísico y moral. Ese tipo de suicidio que lo lleva a uno a refugiarse bajo el abrigo del fracaso (tema que me conmovió también en algún momento y del cual escribí un sentido y necesario –para mí, por supuesto, no pretendo en modo alguno decir que un texto mío es necesario para alguien más– ensayo titulado justamente “El abrigo del fracaso”).

 

Suicidarse metafísica o moralmente no supone, como erróneamente se podría suponer, hacer el ridículo en alguna circunstancia importante o cometer un atentado contra las buenas formas que tanto se esfuerza en inculcarnos nuestra sufrida sociedad; eso sencillamente es temeridad o estupidez. Se trata, simplemente, de decir la verdad. La honestidad es, casi siempre, garantía de una muerte espiritual: la verdad rara vez es bienvenida, pues ella es demasiado poderosa; a la mentira se le puede destruir, pero contra la verdad no hay antídoto, lo que es, es y será por siempre. Ser honesto es, pues, encaminarse hacia la llama, hacia la luz cegadora de un fuego prohibido. Decir “sí” o “no”, o incluso confesar un “te quiero”, si se hace honestamente, puede significar la aniquilación metafísica o moral.

 

Esta muerte espiritual viene por el rechazo. Como planteé en mi ensayo ya mencionado líneas arriba, existen dos tipos de rechazo: el explícito y el implícito. Del primero uno puede recuperarse, quedarán grietas, pero finalmente la reconstrucción es posible. Del segundo, sin embargo, no se recupera uno nunca, es justamente la muerte. Y lo es por el silencio (el silencio, bien tan preciado, en este caso se vuelve un veneno potente y desgarrador). La indiferencia mata, lo vuelve a uno habitante del concurrido barrio de la nada. Como bien dice la canción de “Bacilos”, el silencio luego se vuelve un lamento de guerras perdidas. Porque ser honesto supone una victoria pírrica sobre la conciencia, pero es una guerra perdida en el plano metafísico y moral.

 

Al final de todo, en medio del panteón, la misma conciencia que lo empujó a uno hacia la honestidad, termina cometiendo una traición: injerta la culpa. Y la culpa crece a trancazos, en un pestañeo ya es un árbol frondoso. Inquisidora, cazadora formidable, la culpa es el cuervo que hace un festín del cadáver metafísico. La honestidad entonces pesa, se vuelve un lastre y uno se lamenta de haber sido honesto. Entonces se anhela el silencio, ojalá se hubiese invertido en el silencio. Mas no fue así y, no sin miedo, descubrimos que no pudo ser así: vivir en silencio cuando carcome el virus de la honestidad, es una operación imposible. Pero lo verdaderamente terrorífico es descubrir que ya lo sabíamos todo desde el inicio, éramos conscientes de que nos encaminábamos hacia una llama incandescente y, seducidos por el poder del suicidio, volamos decididos, como la polilla,  hacia ella.

 

Si se hace un recuento de la vida (ejercicio peligroso por lo que puede uno ver), será fácil notar que muchas veces, en muchos ámbitos, volamos, conscientes, hacia la llama. Encantados por ella, pero sobre todo por el suicidio, nos dejamos abrazar y abrasar.

Convulsión
La Voz de las Horas Oscuras
Libro de Cuentos