Tan solo se odia lo querido

Tan solo se odia lo querido: análisis de tres poemas que se acercan de modo particular al amor, al odio y a los celos

“Ella por volverlo a ver
corrió a verlo al mirador.
El volvió… con su mujer.
Ella se murió de amor.”
-José Martí
“El amor y el odio
no son ciegos,
sino que están cegados
por el fuego que
llevan dentro.”
-Friedrich Nietzsche

El amor, según postularon los antiguos griegos es una enfermedad, es entrar en un estado de desequilibrio. A diferencia de la idea que hoy hemos heredado del romanticismo sobre la existencia de un único amor “verdadero” (predestinado), ellos creían que el amor es cíclico, es decir, una enfermedad que se sufre muchas veces en la vida. Aquellos hombres sabios tenían mucha razón.

El odio, en las antípodas y en la contigüidad del amor, es un sentimiento al que se teme, al que se niega. Sin embargo, su presencia es constante y su poder inmenso; y diremos más: es vital. Como el amor, es una pasión que arde en las entrañas; y junto con él, finalmente, conforma el combustible que enciende la vida de todo ser humano. En la vida es indispensable, pues, amar y odiar.

Como no podía ser de otra manera, a lo largo de la historia, la poesía ha reflejado sendas pasiones. De hecho, en el imaginario colectivo, la poesía es vista como el crisol donde se funden los amores, los desamores, los celos, las aversiones… los apasionamientos, al fin y al cabo. Lo interesante es, sin embargo, ver los acercamientos poéticos a estos sentimientos, es decir, las
sensaciones que de por sí causan la presencia del amor y del odio y, por supuesto, su conjunción. Es por ello que en el presente ensayo hemos escogido tres poemas que nos parece son extraordinarias demostraciones de acercamientos particulares, pero a la vez muy comunes, a estas pasiones. Ellos son: El amenazado de Jorge Luis Borges; los sonetos 64 y 65 del poemario La urna de Enrique Banchs; y un poema de la griega Safo de Lesbos.

Nuestra selección de estos poemas responde a que creemos que su genialidad reside en el acercamiento que tienen hacia el amor, el odio y los celos (amalgama de ambos). Pero también, debemos reconocer, a que nos sentimos especialmente atraídos hacia esos poemas porque los sentimos muy cercanos, porque nos encontramos en sus versos. Pasemos, sin más sentimientos de por medio, al análisis.

El peligro de enamorarse:
El amenazado (J.L. Borges)

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para
cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la
noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la
memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Ocultarse o huir. Esas dos opciones, como en el caso del poeta, son a las que tratamos de asirnos cuando sentimos la inminencia del amor. Enamorarse de alguien implica entrar en el terreno de lo desconocido, de lo inestable. La razón, aliada en las otras dimensiones de la vida, aquí nos abandona. Somos conscientes de todo esto, sobre todo, cuando nos volvemos a enamorar. Es
por eso que, ante la inminencia de sufrir nuevamente la “enfermedad”, quisiéramos ocultarnos o huir. En el primer verso vemos este acto reflejo: el poeta siente la llegada del amor, y en uso de un mecanismo de autodefensa, trata de escaparse.

La idea de esquivar al enamoramiento es muy interesante. Nos encontramos ante un sujeto poético que, luego de decir que quiere esquivar el amor, se da cuenta que no puede hacerlo y que se encuentra en una cárcel. Cárcel que él no ha construido, que se ha erigido desde aquella persona que ha causado el enamoramiento. Es muy significativo que Borges no escriba mi cárcel sino su cárcel. Esta despersonalización momentánea no debe pasar desapercibida, pues hace más fuerte la imagen del encierro: la cárcel que uno construye puede, finalmente, ser destruida; pero la cárcel que construye la otra persona, cuyos barrotes no vencen nuestras fuerzas, es imposible de destruir. El poeta, pues, siente que está a merced del sentimiento; sentimiento irradiado desde una otredad misteriosa, que crece en un “sueño atroz”.

Primero, pretensión de escape; en seguida, comprobación de no poder huir y de estar encerrado sin posibilidad de fuga; luego, constatación que ante el amor no hay artilugio que valga (“¿De qué me servirán mis talismanes?”). Ni la literatura, ni el conocimiento, ni la cotidianidad, se da cuenta el poeta, lo podrán salvar. Las actividades y los hechos que describe, son realizados y
disfrutados en soledad; en otras palabras, dependen del poeta. La fuerza del amor, que viene desde fuera, vence a todo talismán que nace desde el yo. Ni siquiera la invocación a la figura materna protectora, a los espíritus guerreros de los antepasados sirven para ocultarse o huir del amor. Ni siquiera el sueño es una vía posible de escape. Toda la enumeración que hace el poeta no es más que un acta de rendición ante el amor. La respuesta a la pregunta sobre la utilidad de los talismanes ante el enamoramiento es tácita: ninguna.

Tras los tres estadios por los que el poeta pasa, en los cuales su voz se ha centrado sobre todo en sí mismo, por fin nos encontramos ante un verso vocativo: “Estar o no estar contigo es la medida de mi tiempo”. El tiempo, tan importante para Borges, aquí se reduce dramáticamente, pierde toda autonomía: depende de la otra persona. Esta reducción solo puede ser obra del
todopoderoso amor. El día pasa, el tiempo pasa, pero al amor no pasa. Ni siquiera la sombra de la noche, que se presenta como una esperanza vana de salvación, es capaz de traer la paz. Paz, pues el amor es inestabilidad, pérdida de la autonomía.

Toda este desequilibrio que supone el amor, el poeta ya lo conoce: “Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo /sucesivo”. Pero sabe también que la esencia del amor es una paradoja constante: la misma persona que genera los sentimientos de angustia, su misma carcelera, es aquella que lo alivia; es su verdugo y su ángel. La espera es la angustia, la memoria es el alivio que trae el bálsamo de lo vivido… pero tras todo esto está la horrorosa ansiedad que pone la vida del poeta enamorado en vilo todo el tiempo, que lo hace (sobre)vivir sobresaltado, esperando lo sucesivo. Y eso que vendrá, podemos argüir, es el encuentro con la persona amada o el fin del enamoramiento. Pero cualquiera sea el caso, la espera del mañana es una constante.

Sin duda, toda la situación del enamoramiento es incómoda, es, como decían muy bien los antiguos griegos, una enfermedad. El poeta, con cierta amargura, reconoce que su calamitosa situación es producida por “el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles”. Esas magias, es decir, esas sensaciones que solo el amor produce, entorpecen, vuelven agreste el camino diario de la vida. Es por ello que le generan una comprensible molestia al poeta, pues, como ya hemos visto, le quitan su paz, le roban el tiempo que dedicaba a sus actividades personales. En una sola palabra, lo coactan.

No alcanzamos a comprender a qué se refiere el poeta cuando menciona a esa “esquina por la que no me atrevo a pasar”. Tal vez, se refiera al paso por algún lugar que le traiga el recuerdo del ser amado, quizás se refiere a un sitio que le recuerda su enfermedad. Esos ejércitos, esas hordas que lo rodean, quizás, son las evidencias que no quiere volver a ver sobre su delirio amoroso. Es interesante entablar una correlación entre ese ejército y la cárcel. Existe, podemos elucubrar, la sensación en el poeta de sentirse un reo condenado al paredón. Encerrado en la cárcel del amor, no puede más que resignarse a que las hordas de soldados –el amor, nada menos– lo acribillen.

El poeta está en una habitación “irreal” (por fin se sitúa en un espacio) que ella (recién se atreve a darle figura femenina al objeto amado) no ha visto. Este pequeño detalle nos da una pista importante: quizás la causante de toda la vorágine que supone el amor, no sabe lo que ha causado. La victimaria es muy probable que no sepa que lo es. Este contexto haría más dramático el caso: se trataría de un amor oculto, un amor callado por alguna razón personal (miedo, timidez) o circunstancial (ella ya tiene alguien a su lado o está lejos). No lo sabemos con certeza, igual que el verso de la esquina, y así está bien: explicar de cabo a rabo un poema es aniquilarlo. Siempre debe quedar algún misterio, una pieza que no termine de encajar; así el poema no se agota y el lector no se agota de leerlo (aunque en este caso –y para nuestro caso– este poema se ha vuelto descripción de la realidad, novedad constante).

Los dos últimos versos cortan, nos parece, el aire “poético” (lo ponemos así porque no nos atrevemos a decir metafísico ni romántico) que veníamos sintiendo en todo el poema. Con esto no estamos diciendo que no funcionen, que malogren el poema; lo que queremos decir es que “humanizan” (tampoco nos atrevemos a decir que vuelven mundano) el sentimiento tan complejo del amor. El poeta nos termina diciendo que el nombre de una mujer lo pone en
evidencia, es decir, deja ver su enamoramiento; ese mismo nombre, además, le punza la existencia, le hace sentir los estragos del amor. La fuerza de sendos versos nos parece contrastante con el resto del poema. Pero creemos que ese contraste genera un final estupendo: no nos sentimos ante la declaración de un poeta (en el sentido de un ser romántico, iluminado) enamorado, sino de un hombre común que sucumbió a la malhadada pandemia del amor.

*****

Este poema nos identifica y nos interpela. Creemos, además, que muestra, como pocos, el sentimiento sobre el sentimiento del amor. Muchos hablan del amor en sí mismo y de sus estragos, pero no de la sensación de ansiedad que genera ver su presencia acercándose…. y ya sabemos que no podremos ni escaparnos ni huir.

La alevosía del odio:
Sonetos 64 y 65 de La urna (E. Banchs)

I
Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.
Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo…
El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.
Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho… así es mi odio.
(65).
II
Odio era: no es. Que ya no existe
esta otra fiebre de la carne viva.
A tanto que me muere no resiste
este otro orgullo de violencia altiva.
Antes era mi ser todo tormenta,
todo contradicción, lucha, mentira;
tendía la mirada turbulenta
el arco de la ira.
Y en divergentes fuerzas me partía,
y hoy soy hogar de sólo una energía
suprema, que alimenta un gesto eterno:
un amor pensativo y doloroso.
Por él soy como un lago silencioso,
entre grandes montañas, en invierno…
(66).

El odio es visto comúnmente como una pasión desenfrenada, como un arranque violento. Y es así porque se suele confundir el odio con la furia, suele mezclársele con la violencia. El odio, sin embargo, es mucho más que eso, así como el amor es mucho más que las caricias. El odio es una pasión que enciende la razón, que la obliga a urdir planes para satisfacerse, para sentirse realizado. La duración del odio puede ser sempiterna e, incluso, como propugnan algunos, puede trascender la muerte.

En el soneto 65 nos parece extraordinario el modo en que el poeta metaforiza su odio en la figura de un tigre. Generalmente, las pasiones suelen ser consideradas como parte de la “animalidad” del ser humano. En esa misma línea, los clichés del odio, dan por sentado que odiar es una reacción animal. Como ya dijimos, se equivocan: el odio es una pasión que supone un ejercicio racional muy agudo (incluso más –mucho más, en realidad– que en el amor). Es por ello que nos parece estupendo que el poeta use un animal como metáfora del uso racional de una pasión.

La elección del tigre no es casual en modo alguno. El tigre es esencialmente un felino, es decir, tiene como rasgo genético ser sigiloso, atacar en el momento preciso; es un animal que posee cierta racionalidad. Es también un predador, ciertamente, pero su ferocidad supone siempre un ejercicio de observación de la presa; es un animal paciente, que contiene su ferocidad, que está “en reprimido acecho”. Ese rasgo, sin duda, le confiere un halo de superioridad entre los demás animales salvajes. Su fisonomía, además, lo vuelve un animal bello e imponente. Sus garras, sus ojos, han sido muchas veces metaforizados para representar la inteligencia, la fuerza, el coraje. Todo esto hace que la elección del tigre como metáfora del odio sea muy significativa y de ningún modo aleatoria.

Por otro lado, no es casual que Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo incluyan el soneto 65 en la introducción de su Antología del cuento fantástico como ejemplo de lo inesperado, de la sorpresa. Sin duda, el lector que por primera vez se encuentra con este soneto, no se imagina la conclusión (“…así es mi odio”). Desde el primer verso, las imágenes se proyectan como la secuencia de una película. La imagen del tigre se construye en la mente de quien lee y al final, cuando se devela la metáfora, se genera un choque de sorpresa que, luego, se convierte en admiración cuando se ve en retrospectiva el poema. Creemos que esta construcción detallista de la figura del tigre es clave para lograr la sorpresa en la cual reside la esencia del poema.

En el soneto 66, se nos revela la transformación del odio. De arranque el poeta declara que su odio es un pretérito: “Odio era: no es. Que ya no existe”. La mutación es doble: por una lado, baja desde su categoría de metáfora y se sitúa en la realidad de un sujeto poético (ciertamente hacia el final del soneto anterior, vemos esa humanización cuando la metáfora se devela, pero aquí ya somos partícipes de su desarrollo y metamorfosis); y, por otro, el paso del odio hacia la otra pasión que en la última estrofa nos enteramos que es nada menos que el amor.

En el soneto 65, el odio fue estupendamente metaforizado, con lo cual se nos expuso toda su fuerza. Ahora, el poeta relata cómo operaba en él el odio: “Antes mi ser era todo tormenta, / todo contradicción, lucha, mentira”. No se nos revela el motivo de ese odio –y ese desconocimiento genera el misterio necesario en todo poema–, pero suponemos que fue el sentimiento que precedió al amor hacia determinada persona. Lo que sí es claro es que el odio
genera, como el amor, obsesión: “tendía la mirada turbulenta / el arco de la ira”. Obsesión que, a su vez, genera cierta desazón: “Y en divergentes fuerzas me partía”.

No sabemos tampoco –y no es importante que no la sepamos– la razón por la cual el odio da un paso al costado y entra el amor. Lo que sí es importante es la sucesión, pues en este caso, las dos pasiones aparecen como antagónicas (“y hoy soy hogar de sólo una energía”): una (el amor) parece dominar a la otra (el odio). La convivencia de ambas –como veremos en el poema de Safo– es imposible. Esta situación le hace eco al famoso cliché que afirme que del odio al amor hay solo un paso y viceversa.

Pero ese amor al cual da paso el odio, no es un bálsamo. Por el contrario, es “un amor pensativo y doloroso”. Y su efecto, como el del odio, genera estragos: “Por él soy como un lago silencioso, / entre grandes montañas, en invierno…”. Es importante notar que el poeta siente que ese amor puede incluso llegar a ser una maldición, pues genera un dolor nuevo, una frustración
nueva. Si con el odio se estaba en acecho, con el amor se está acechado. Estar entre montes, en invierno, es estar congelado y encerrado en un sentimiento. La sensación de encierro, otra vez, se hace presente junto al amor. No cabe duda que es una de las secuelas de esa pasión.

*****

Cuando leímos por primera vez el soneto 65 nos emocionamos mucho. No porque estuviésemos pasando por una experiencia de odio, sino por la fuerza que trasmite. Luego, cuando leímos el 66 sí pudimos identificarnos con ese dolor que muchas veces genera el amor. Los dos sonetos en conjunto, pues, nos abrumaron y nos dimos cuenta luego que su genialidad reside en el acercamiento racional que hacen a las pasiones del odio y el amor (especialmente a la primera).

Siento celos:
Poema de Safo de Lesbos

Me parece igual de un dios, el hombre
que frente a ti se sienta, y tan de cerca
te escucha absorto hablarle con dulzura
y reírte con amor.
Eso, no miento, no, me sobresalta
dentro del pecho el corazón; pues cuando
te miro un solo instante, ya no puedo
decir ni una palabra,
la lengua se me hiela, y un sutil
fuego no tarda en recorrer mi piel,
mis ojos no ven nada, y el oído
me zumba, y un sudor
frío me cubre, y un temblor me agita
todo el cuerpo, y estoy más que la hierba,
pálida, y siento que me falta poco
para quedarme muerta.

Los celos son la respuesta de la mente ante la percepción de una amenaza. Lo interesante de ellos es que conjugan el amor y el odio: es por amor (salvo casos patológicos) que se siente celos y es odio lo que se siente ante aquel o aquello que pone en peligro la cercanía del ser amado. Y hasta se puede llegar a un grado paradójico y sentir odio por la persona que se ama: se la puede odiar porque nos hace sentir amor, o se le puede odiar porque alimenta las situaciones en donde estallan los celos. Los celos, pues, son el encuentro de las dos grandes pasiones que son los fluidos vitales para el alma de todo ser humano.

Este poema de Safo nos parece fascinante porque logra transmitir perfectamente el efecto psicológico y fisiológico que generan los celos. Tras leer el poema, es inevitable recordar alguna situación en la cual un “ataque” de celos haya aparecido. El lector, gracias a la magistral poeta, asume como un discurso propio el poema, siente que es él quien está profiriendo esos versos. Tal es el grado de compenetración que logra este poema, que creemos muy probable que algunos síntomas físicos aparezcan en algún lector sensible o que recién haya tenido un episodio de celos.

La primera estrofa del poema nos permite notar el inmenso amor de la poeta hacia aquella por quien siente celos. Pero esto lo notamos de un modo muy particular: a través de la comparación con un dios que hace de aquel que goza del cariño de la amada. Decir que el es “igual de un dios”, supone que a la persona amada la ve como un ser no menos que divino, pues de otro modo, el sujeto que goza de su especial deferencia no sería también un ser digno de comparación con la divinidad. Es muy curioso que en este poema, a la persona que “roba” la atención del ser amado, se le trate con tal respeto. Generalmente, hacia aquel o aquella es descargado un sentimiento de aversión. Que no sea así en este poema, nos revela el elevadísimo concepto en el cual la poeta tiene a su amada. Sin duda, existe envidia ante aquel semejante a un dios, pero lo que prima aquí es la admiración que le causa que sea él digno de la amada. Esto, como dijimos, es un caso sui generis.

En la segunda estrofa la poeta ya nos declara la inmensa molestia que le causa ver a quien ama con otra persona. El uso del vocativo no debe pasar desapercibido, pues eso convierte los versos en una especie de confesión privada de la que somos testigos privilegiados. La poeta se dirige a quien ama, le dice lo que siente, pero, podemos conjeturar, se lo dice en silencio; se lo
dice mentalmente, como sucede a menudo cuando vemos a la persona amada con otro y nos dirigimos a ella en silencio, “confesándole” en silencio aquello que a viva voz es inconfesable. Sentir que el corazón se inquieta (que sufre una taquicardia, si queremos decirlo en un término frío, científico), que no se pueden pronunciar palabras es, qué duda cabe, signo inequívoco de un episodio de celos. Así racionalmente lo tratemos de negar, el cuerpo delata la realidad. Basta con mirar por un breve instante a la amada iluminarse con otro, para que el cuerpo reaccione.

La lengua que se hiela, el calor que recorre la piel, la nubosidad en la vista, el zumbido en los oídos (acaso la subida de la presión arterial) son no más que los gritos del cuerpo que busca desesperadamente liberar de sí la ferocidad de la que es presa. Esa ferocidad es producto de la adición del amor y del odio, es por eso que la intensidad de los celos es única. La respuesta del organismo que describe la poeta es muy significativa, ya que plasma estupendamente esa especie de ebullición, ese colapso inminente que genera la combinación del odio y el amor. Es como si el cuerpo humano fuese incapaz de soportar tal amalgama, todos sus sistemas empiezan a fallar cuando esto pasa. Esta tercera estrofa nos hace pensar en que la poeta está viendo a su amada con otro en el preciso instante que escribe sus versos. La intensidad que despliega es magnífica, los versos transportan hacia un presente vivo antes que hacia un pasado muerto.

La muerte se presenta, finalmente, como inminente. Como decíamos, pareciese que el cuerpo humano es incapaz de soportar la confluencia simultánea del amor y del odio. Si bien ambas pasiones, se encuentran en él, su conjunción parece generar una reacción que altera todas las funciones fisiológicas, al punto de llegar al fallecimiento. Un ataque de celos puede perfectamente convertirse en un ataque al corazón.

*****

Este poema, cuando menos, nos genera cierta ansiedad al leerlo. Su intensidad, estamos convencidos, puede sacudir al más parco. Y es que, a diferencia de los anteriores, donde el amor y el odio eran tratados independientemente, aquí hemos visto el poder fulminante de su mezcla. No exageramos al decir que siempre que leemos este poema terminamos con cierto cansancio emocional.

Epílogo

Hacer esta monografía, debemos confesar, ha supuesto, sobre todo, un esfuerzo emocional. Desde luego, hemos procurado brindarle a nuestro análisis calidad intelectual, pero ha sido inevitable la confrontación con las emociones. Dijimos ya que la elección de esos poemas responde no solo a su genialidad y a la particularidad con la que se acercan a las pasiones vistas, sino también a que nos tocan personalmente. Es así que nos hemos visto forzados a enfrentar – una vez más– a nuestra legión de fantasmas y demonios internos. Quedamos agotados, pero satisfechos.

Solo la buena poesía es capaz de interpelarnos, de hacernos sentir el pulso de nuestras pasiones. Más allá de toda interpretación racional siempre estará ese nexo único que logran algunos poemas. Y más allá de toda interpretación racional también están, cómo no, el amor, el odio y los celos.

Bibliografía:

Banchs, Enrique. Obra poética. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras, 1973.

Borges, Jorge Luis. Obra poética, 1923 – 1976. Buenos Aires: Emecé, 1979.
Garro, María Luisa (tr.). Safo. Poemas. Buenos Aires: El Corregidor, 1995.

Convulsión
La Voz de las Horas Oscuras
Libro de Cuentos