Visiones T.V.

Cuando una persona dice que esto o aquello es lo más patético (no en su acepción filosófica de pathos, sino en la cotidiana de abominable) y esperpéntico del mundo, uno inmediatamente puede contra argumentar diciendo que se equivoca, pues, en realidad, lo más patético y esperpéntico del mundo es la televisión peruana. El interlocutor, si es sensato, tendrá que admitir que uno tiene razón y que, efecto, lo que él o ella decía que era patético y esperpéntico resulta siendo bello y sublime en comparación con la televisión peruana.

Toda esta reflexión me vino a raíz de que hace unos días, sin querer queriendo, caí por la frecuencia del canal 2 y vi el primer episodio de un nuevo show llamado “El último pasajero”. Al principio pensé que podía tratarse de algún reallity –que, dicho sea de paso, son, a mi juicio, una muestra de la degradación moral de la posmodernidad, pues nada más grotesco que mostrar la intimidad; nada más vil que vender el pudor por un fajo de billetes– de terror. Quizás se trataba de un avión que, adrede, los productores hacían fallar
en pleno vuelo y luego, el último pasajero en morir, póstumamente sería  gasajado con un funeral donde cantaría Shakira y su reciente doble –aunque yo diría que triple– chileno apodado originalmente como Shakiro. No sería raro que algo así saliera en MTV uno de estos días.

 

Pero no, no era nada de eso este show; era algo peor. Se trataba de un concurso entre colegios por el famoso viaje de promoción. Parece que ya pasaron de moda los concursos por el anhelado quinceañero, en los cuales se prometía un amplio local de dos pisos y medio (es importante que haya escalera, pues de ahí tiene que descender la quinceañera, como si simbólicamente bajara de la inocencia del cielo a las perversiones del infierno), un chambelán con cara de pazguato vestido de cadete de los tiempos del mariscal Castilla, a Tongo cantando “La pituca” en turco y a Susy Díaz interpretando “La arrechazada” en
arameo. Pero, por supuesto, lo más importante era que, a la hora a la que la quinceañera hiciera su ingreso, sonara una melodía lacrimógena que luego daría paso al tristemente célebre “Tiempo de vals” de Chayanne interpretado por Philip Butters o algún cetáceo parecido. Todo eso, pues, ya pasó de moda. Ahora es el viaje de prom el premio mayor (todos esos programas deberían poner como música de fondo la melodía de Laura León titulada “El premio mayor”: “Todo lo tendrás, todo lo podrás, todo lo serás si tienes en tu vida el premio mayor. El premio mayor es para ti, te lo vas a ganar. El premio mayor será por siempre tu felicidá ah ah ah”).

 

Si solo fuera por las pruebas, como empujar un auto chino sobre una serie de
rompemuelles, sería simplemente un programa de concursos más; una sonsera más en buena cuenta. Lo realmente terrible llegó cuando a una pobre muchacha le tocó el desafío estelar del programa: decidir si someterse o no a un corte radical de cabello (se giraba una ruleta y salía un estilo; de más está decir que todos eran horribles y drásticos). Desde que fue elegida, la adolescente rompió en llanto. Luego, la sentaron en una silla de barbero y
un peluquero argentino empezó a hacer bromas que solo incitaban la angustia de la niña. El sádico conductor, por su parte, azuzaba a sus compañeras a que le dijeran a la susodicha lo que debía hacer. Y, por si fuera poco, sacó del público al padre de la ya para ese momento empapada en llanto adolescente. El nervioso padre dejó todo en manos de su hija y, al mismo tiempo, la conminó a cortarse el pelo (¿?). Finalmente, tras crear una situación más tensa que la negociación con un secuestrador, la valiente chica decidió no ceder a la presión de grupo y no dejó que el peluquero, que no dejaba de despeinarla, le
cortase un solo cabello. Por supuesto, la decepción de sus compañeras fue grande y mucho me temo que ahora la pobre chica esté pasando por una “ley del hielo”, cuando no por una guillotina. No se ha reportado si sigue viva: es probable que la hayan asesinado sus furibundas compañeras o que se haya suicidado producto del escándalo mediático.

 

No pude evitar evocar al viejo y tristemente célebre Ferrando mientras veía esta nueva propuesta televisiva nacional. En el programa del “negro” la gente hacía el ridículo por una cocina “Surge”; acá lo hacen por un viaje de promoción (algún optimista podría decir que el Perú avanza). “Trampolín a la fama” o “El último pasajero”, finalmente, son hijos de mismo miasma: hacer del ridículo y de la estupidez un espectáculo. Laura Bozzo estaría orgullosa de ver cuánto ha “progresado” la tele peruana desde que se fue a combatir a los
narcos de México (les manda una foto suya y ni el más fiero narco resiste y se convierte pronto en pastor evangélico, pues imagina que Satanás le acaba de mandar una advertencia).

 

Lo triste de todo esto es que si uno decide sanamente cambiar de canal, lo que encuentra en los otros canales televisivos no es mejor. Se topa uno con un conductor, también de programas de concursos, que dice que su lindura radica en su fealdad. También es posible encontrar a una señora que le dice a uno que tome su dosis de propolio y se eche su babita de caracol para vivir más años que Matusalén. Y si uno, finalmente, quiere informarse, se encuentra con que un manco violó a su abuelita y luego le dio veneno para ratas. Así es nuestra televisión que, en honor a la verdad, no es necesariamente peor que la de otros
países. Siempre que uno hace zapping termina preguntándose: ¿tan mal está la
humanidad?

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