La salud en el Perú la dirige Fina Monterrubio

Cuando uno se entera que a un señor le cortaron la pierna equivocada, que a una señora la contagiaron de VIH o simplemente que un herido de gravedad murió esperando turno en alguna atestada sala de Emergencia, es inevitable preguntarse quién dirige la salud en el Perú. Gandhi, sin duda, no es. Bush, posiblemente, pero es más bruto que malo. Gadafi, podría ser. Pero no, creo la salud en el Perú la dirige un personaje más siniestro que el oligofrénico ex presidente gringo y el fachoso dictador libio: Josefina Monterrubio, más conocida simplemente como Fina.

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La casa ya no existe

“Te cuento que han demolido la casa de San Isidro”, me dijo mi prima Ela (“Lori”, para la familia) hace unos días mientras hablábamos por Internet. Cuando me dio la noticia, inmediatamente sentí un nudo en la garganta y una sensación de tristeza que luego pude identificar como melancolía me invadió todo el cuerpo. La casa en la que pasé gran parte de mi infancia, a la que fui llevado después de salir del área de neonatos en el hospital ya no existe; la casa numerada con el 352 de la avenida Dos de mayo es ahora polvo y seguramente en un año será un edificio de esos que ahora se construyen con violencia por toda la ciudad (y en casi todas las ciudades del mundo).

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El abrigo del fracaso

I:

Dice Julio Méndez, personaje de “El jardín de al lado” de José Donoso: “Darme por vencido: la dulzura del fracaso aceptado.” Humillación que dignifica, amargura que sabe dulce: el fracaso. El fracaso, ese refugio en el que caemos a menudo, al que llegamos tiritando en busca del último abrigo. El fracaso, la paz de aceptarlo y sentirnos libres, abandonados a lo que el destino nos depare. El fracaso, pero no cualquier fracaso, aquel que viene del tú no, del no te quiero, del no te acepto. El fracaso del rechazo, acaso el peor de todos.

 

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La seducción del suicidio

Hace algunas noches, mientras leía la excelente novela “Los rebeldes” de Sándor Márai antes de dormir, me distraje un momento y observé el vuelo de una pequeña polilla que se había filtrado por algún lado. Si se posaba sobre mi libro, hubiese acabado con su existencia, no porque tenga alguna inquina personal contra las polillas (de hecho, cierto cariño les guardo y por eso mi cuento “La polilla del mastodonte americano”), sino porque me pone nervioso saber que algo andará revoloteando cerca de mí mientras duermo. No fue necesario, sin embargo, ponerle un dedo encima al insecto: atraída por la tenue luz de mi lámpara, dirigió su vuelo hacia el pequeño foco. Alcancé a ver un pequeño hilillo de humo y a los pocos segundos el cadáver de la polilla cayó sobre mi mesa de noche.

 

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De qué nos morimos realmente

A veces nos enteramos que un conocido o algún pariente que caminaba muy sano por la vida, que era un portento de salud, de pronto sufrió un infarto al miocardio o al mesenterio (como le pasó a Artemio Cruz), se le reventó un agazapado aneurisma, le apareció un tumor o simplemente tuvo un colapso fatal. Pero si era tan sano, tan deportista, no comía grasas, cómo pudo pasar algo así. En los tiempos contemporáneos la explicación más difundida y la que causa mayor consenso en las juntas médicas y en los tés de tías es que el estrés –ese maldito mal posmoderno– tuvo la culpa. Era muy sano, pero se preocupaba demasiado: el estrés terminó por pasarle la factura.

 

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Crónica de dos muelas impactadas

Casi todos los idiomas la llaman de la misma manera: en inglés, wisdom tooth; en hebreo, shen bina; en maltés darsa ta’ l-għaqal; en neerlandés, verstandskies. Todos estos nombres pueden traducirse al castellano como “muela de la sabiduría”. Y, claro, no es que esas muelas sean más sabias que las otras o que de algún modo estén conectadas con la mente;  simplemente se supone que salen en la edad en la que uno ya no es un chiquillo insolente que cree que puede cambiar el mundo (aunque en base a varias experiencias puede decir que para muchos esa edad nunca llega). El coreano, sin embargo, se refiere a la muela del juicio –muela que en realidad son cuatro– de un modo que me parece más irónico pero al mismo tiempo más sabio: sa-rang-nee o “diente del amor”. Es irónico si lo vemos desde el punto de vista físico, donde de amorosas no tienen nada las muelas del juicio. Pero sabio si nos detenemos en el plano metafísico que es a donde apunta esta acepción. En efecto, antes que llegar en una edad de dudosa sabiduría, lo cierto es que estas muelas llegan cuando uno ya conoce, así sea por amigos que están pasando por el trance, los estragos que causa el desamor. Uno en la vida puede escaparse de saber ciertas cosas –siempre hay quienes, muertos de miedo por conocer un poco más de donde están parados, prefieren la ignorancia y por eso leen a Paulo Coelho–, pero de conocer el desamor, imposible. Hasta Dios, cuando anda de malas, nos castiga con su desamor (sino cómo se explica la existencia de especímenes como la Tigresa del oriente).

 

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Tan solo se odia lo querido

Tan solo se odia lo querido: análisis de tres poemas que se acercan de modo particular al amor, al odio y a los celos

“Ella por volverlo a ver
corrió a verlo al mirador.
El volvió… con su mujer.
Ella se murió de amor.”
-José Martí
“El amor y el odio
no son ciegos,
sino que están cegados
por el fuego que
llevan dentro.”
-Friedrich Nietzsche

El amor, según postularon los antiguos griegos es una enfermedad, es entrar en un estado de desequilibrio. A diferencia de la idea que hoy hemos heredado del romanticismo sobre la existencia de un único amor “verdadero” (predestinado), ellos creían que el amor es cíclico, es decir, una enfermedad que se sufre muchas veces en la vida. Aquellos hombres sabios tenían mucha razón.

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Visiones T.V.

Cuando una persona dice que esto o aquello es lo más patético (no en su acepción filosófica de pathos, sino en la cotidiana de abominable) y esperpéntico del mundo, uno inmediatamente puede contra argumentar diciendo que se equivoca, pues, en realidad, lo más patético y esperpéntico del mundo es la televisión peruana. El interlocutor, si es sensato, tendrá que admitir que uno tiene razón y que, efecto, lo que él o ella decía que era patético y esperpéntico resulta siendo bello y sublime en comparación con la televisión peruana.

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Convulsión
La Voz de las Horas Oscuras
Libro de Cuentos